LA VENGANZA Y LA CRUELDAD
1. Todo cuanto el afecto recibe, sea bueno o malo, tiende a devolverlo al origen mismo de donde lo ha recibido; de ahí nace la benevolencia hacia el que ha sido benévolo, la beneficencia hacia el benefactor o, por el contrario, nacen la malevolencia y la maleficencia. Por este motivo el espíritu que sufre algún dolor desea devolver semejante sufrimiento a aquel mismo que causó el dolor: en esto consiste el deseo de vengarse, y cuando se lleva a efecto se llama venganza. Éste es, pues, el acto de infligir la pena, a nuestro juicio, merecida; la pena, a su vez, es un daño o lesión en cualquier género de bienes: del espíritu, del cuerpo o de la fortuna, según la estima que cada uno hace de ellos. Porque hay algunos que piensan vengarse de una afrenta mostrando el dedo medio, 338 o con un gesto indecente, o con un insulto. Al contrario, los hay que prefieren ser atacados con un palo o con una espada antes que con palabras injuriosas. Otros, o porque piensan que tienen poca fuerza para realizar la venganza, o porque la desean con toda avidez, la imploran con siniestras imprecaciones a un vengador más poderoso como un príncipe o una divinidad.
2. Así, pues, todo resentimiento que se acrecienta en gran medida [Pg. 348] con el odio, la ira, la envidia y la indignación, implica el deseo de venganza, es decir, de reparar el dolor; a menos que unos afectos se comporten de una manera y otros de otra. En efecto, la envidia, con su habilidad y astucia, nos sorprende al no querer dar la impresión de que la venganza ha nacido de ella. La ira y la indignación actúan abiertamente: quieren que la venganza sea conocida por los demás, y sufrida y comprendida por aquél de quien se vengan. El celoso considera que la venganza aplicada a aquél con quien se está enojado debe ser honorable y conocida. El odio se muestra diversamente: así, cuando se inflama, se transforma en ira; pero, mantenido con frialdad se insinúa furtivamente como el veneno y hace daño.
3. La amargura del resentimiento que no puede ser dominada, sino que prorrumpe sin medida en toda forma de venganza, a fin de dañar por todos los medios posibles, se llama «rabia», término derivado de la enfermedad que afecta a los perros y a los lobos; pero si el resentimiento no puede desahogarse se acrecienta, comprime el corazón, conmueve y golpea todo el cuerpo: esto se dice estar roto y hecho pedazos. La acción del castigo y de la venganza al tomar fuerza se convierte en sevicia o crueldad que es la privación de simpatía, porque los que experimentan simpatía sienten también compasión. Algunos carecen de simpatía siempre, otros durante un tiempo. La carencia perpetua se debe a la natural complexión física o a la costumbre que se ha convertido en naturaleza; la carencia temporal se produce porque los espíritus agitados por una pasión violenta se endurecen, mas tal estado no se prolonga más que la propia agitación. Así el ansia vehemente de alguna cosa exaspera la crueldad contra el que pone obstáculos; como sucede con el ansia de riquezas, de mando o de placer, y también con el temor por una cosa querida, como la vida y el imperio; tal acontecía a Nerón, Calígula y Cómodo que eran crueles a causa del temor. Por el contrario, Tito Vespasiano hijo, por la confianza y serenidad de espíritu, era sumamente apacible, incluso con los que conspiraban contra su poder. 339
[Pg. 349] 4. También la ira y el resentimiento, cuando se inflaman, impiden la rectitud del pensamiento e impelen a actos muy violentos y terribles. La crueldad se manifiesta de tres formas: en el intento, en la ejecución y en la omisión del acto. Éste lo intentan quienes lo mandan quienes lo agencian con habilidad y astucia; lo ejecutan el verdugo y los soldados. Muchos, en verdad, se muestran crueles en mandar lo que ellos mismos no osarían ejecutar. La tercera forma de crueldad se manifiesta en el incumplimiento del deber, cuando no nos compadecemos de quienes lo merecen o por malevolencia, o por indolencia: como sucede cuando abandonamos o descuidamos a los padres, a los parientes, a los familiares y a los que son desventurados ora por enfermedad, ora por indigencia, ora por un peligro, sin conmovernos ante su adversidad; sin duda carecemos de la conmiseración de que hemos hablado. Esto es inhumanidad y crueldad, que se manifiestan cuando renunciando al juicio y a la índole humana, asumimos la índole ferina.
5. El deseo de venganza se calma interiormente cuando la sangre ha sido refrigerada por los pulmones o se ha refrescado espontáneamente, como en aquellas personas en las que la bilis se inflama rápidamente, pero luego se aquieta en muy breves momentos por la irrelevancia de la materia que la sustenta, como cuando arde la estopa. Los temperamentos melancólicos y flemáticos como son más lentos para enardacerse, así, una vez inflamados, son más obstinados. Nos apaciguamos también cuando hemos asumido el castigo impuesto por nosotros mismos o por otro, sea un amigo, o la naturaleza o la fortuna; cuando el objetivo de nuestra ira resulta ser un miserable, enfermo, pobre, deshonrado; y cuando ha expiado penas más graves que aquellas que había de sufrir de parte del que estaba airado.
6. La ira no se ensaña contra los difuntos que han soportado ya el último de los males y que no pueden ser víctimas de nuestra venganza. A menudo desistimos de tomarnos la venganza cuando la vemos ya dispuesta, lo que acontece a muchos que perdonan al enemigo cuando lo tienen en sus manos, juzgando que es suficiente compensación para ellos haberle podido dañar. El rigor de la venganza disminuye, vencido y extenuado, cuando poco antes se ensañaba contra los demás: así el príncipe se reconcilia con los ciudadanos mediante las ejecuciones públicas y el general con el ejército [Pg. 350] mediante el castigo de unos pocos. A veces el rigor es desvirtuado por otro sentimiento, así por un mal mayor o por una ira más vehemente, como una piedra es desmenuzada por otra piedra o por el mazo. La ira cuando está excitada no admite ningún tratamiento, antes bien se exaspera con el remedio, ya que la razón se halla enteramente perturbada, y el fuego comprimido arde con más viveza; a menos que la compresión sea tan fuerte que abrume al fuego y lo apague, como los escombros el incendio. La ira se mitiga también por el amor de quien suplica en favor de nuestro enemigo, o cuando es honorífico perdonar, o cuando esperamos algún beneficio, o tememos un daño, como dicen que un clavó saca otro clavo.
7. En fin, el tiempo mismo aporta, más pronto o más tarde, el remedio a todos los males del espíritu, según sea la complexión corporal o la persuasión y el juicio del espíritu; y como la bilis inflamada engendra fácilmente el disgusto y la ira, así, cuando se ha calmado, se apaga la llama de la pasión. De ahí que sea muy conveniente enfriar la bilis de la manera que antes hemos indicado. La venganza se reprime y se reserva para otro tiempo mientras no se presente la ocasión de consumarla; como dice Homero 340 que hacen los reyes, quienes disimulan por un tiempo su venganza, hasta encontrar la ocasión propicia. Aquélla, entre tanto se acumula y se pudre en el estómago, y cuanto más tiempo se digiere, con tanta mayor purulencia se vomita.
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Este proyecto ha recibido una ayuda de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte
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